Cuando reaccionamos a los resultados de unas pruebas externas, poniendo el foco en los mismos y no en el análisis de los factores que desencadenan los resultados -que debe ser el propósito de cualquier evaluación-, terminamos convirtiendo el medio en un fin y las medidas de política terminan siendo pequeños paliativos a una enfermedad que avanza y muta para adecuarse a lo que se le va demandando.

Si revisamos los diversos análisis, investigaciones y diagnósticos sobre educación en Colombia y a nivel internacional, encontramos que llevamos varias décadas, y en algunos casos siglos, documentando la necesidad de replantear la escuela y redefinir los fines de la educación para un mundo que está en permanente transformación y afronta nuevas problemáticas sociales, ambientales y económicas vinculadas con los retos de una sociedad de la información que dinamiza y profundiza los conflictos urbanos y evidencia aún más las enormes brechas con la ruralidad en nuestros países.

Cuando reaccionamos a los resultados de unas pruebas externas, poniendo el foco en los mismos y no en el análisis de los factores que desencadenan los resultados -que debe ser el propósito de cualquier evaluación-, terminamos convirtiendo el medio en un fin y las medidas de política terminan siendo pequeños paliativos a una enfermedad que avanza y muta para adecuarse a lo que se le va demandando.

Es hora de replantear las finalidades básicas de la educación, en particular en relación con la escuela. Nos educamos para ser mejores seres humanos, para contar con los elementos que nos permitan construir nuestra propia interpretación del mundo. Porque nos construimos en relación con otros, somos el resultado y la causa de las sociedades que nos gestaron y que estamos gestando.

Lo que debería verdaderamente importarnos es que la escuela forme ciudadanos capaces de asumir posturas sólidas y de argumentarlas, que razonen de manera ordenada, preparados para la crítica y la abstracción, capaces de resolver problemas cotidianos, de acercarse a la realidad de manera lógica y coherente, de expresarse de forma asertiva y clara, de dialogar valorando posturas diferentes, de pensar con las dimensiones de tiempo y espacio.

Para que esto suceda la escuela debe posibilitar el desarrollo del pensamiento científico (natural y social), matemático, las competencias comunicativas y las ciudadanas. El pensamiento científico, por ejemplo, se construye explícitamente desde las ciencias, pero se aplica en todos los ámbitos de la vida. Las disciplinas fragmentadas en la escuela y divididas por temas que no dialogan entre sí, limitan la capacidad de aprendizajes individual y socialmente relevantes.

La educación debe brindar las comprensiones fundamentales para la vida de los estudiantes y para los retos que plantean hoy la sociedad de la información, la crisis ambiental y las enormes inequidades de un modelo de desarrollo que debe ser replanteado si queremos avanzar hacia la construcción de sociedades más justas, equitativas y viables para las generaciones presentes y futuras.

La crisis del aprendizaje en términos de resultados, como los presentados por PISA, por ejemplo, evidencia necesidades e información interesantes más allá del ranking en que se ha encasillado la prueba. ¿Qué nos dicen los resultados? ¿Coinciden las lecturas con las reflexiones actuales de la escuela y la educación que queremos? ¿Qué estamos haciendo para brindarles a los niños, niñas y jóvenes las condiciones apropiadas de aprendizaje? ¿Estamos interpretando de manera distinta la libertad en el currículo y los lineamientos? ¿Qué estamos entendiendo por competencias si en la práctica lo que se sigue viendo son áreas de conocimiento fragmentadas y a su vez divididas en temas?

Tenemos que avanzar hacia una educación que trascienda las disciplinas, poniendo en diálogo los múltiples saberes a la luz del conocimiento desarrollado por la humanidad, fortaleciendo el rol de la escuela y poniendo el foco en los aprendizajes fundamentales que ésta debe desarrollar en todos sus estudiantes para que puedan desenvolverse como ciudadanos locales y globales, con posturas éticas y responsables frente a sí mismos y frente a la sociedad.

María Clara Ortiz Karam*

*Subdirectora de la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.