Aprovechando el posicionamiento de la educación en las agendas públicas y políticas en los últimos años, así como en los medios de comunicación; es conveniente no perder de vista los enfoques multidisciplinarios y los discursos que contemplen una gran diversidad de variables para abordar los temas educativos.

Si bien la discusión se ha centrado, hasta ahora, en la cobertura y en la calidad, es decir, cuántos niños y jóvenes acceden a la educación y que tan buena es esta, hay una pregunta que no puede quedarse suelta si queremos construir las políticas educativas que logren apalancar nuestra transformación como país: ¿para qué debe servir esta educación?

Tradicionalmente se han asignado tres posibles roles a la escuela: un centro para el desarrollo de saberes cognitivos; un lugar para favorecer el desarrollo de habilidades que permitirán formar el “capital humano” que demanda el mercado laboral, y un escenario para la formación de los ciudadanos que deben liderar los cambios sociales que requiere el mundo.

Desde luego cada contexto y comunidad podrá verse tentada a seleccionar uno de estos para qué. De hecho, en buena medida los estudios de desarrollo han ubicado a la escuela en uno de estos vértices. Sin embargo, cuando se piensa en un país como el nuestro, fácilmente sabemos que parte de las fallas de nuestro sistema educativo se dan por seleccionar un único acercamiento.

Nuestra realidad precisa de espacios que logren desarrollar capacidades para comprender y modelar el mundo (que nos hagan reflexivos, críticos y propositivos con el contexto y nos permitan desarrollar soluciones sostenibles a nuestras problemáticas), habilidades para favorecer mayores y mejores niveles de empleabilidad (incluida la capacidad de emprender y desarrollar empresas basadas en las habilidades del Siglo XXI y en las TIC), y competencias que nos permitan coexistir con los otros y con lo otro (Más aún en el marco de un país que después de cinco décadas debe aprender a dar sostenibilidad a una propuesta de convivencia pacífica).

Como sociedad debemos encontrar y validar el para qué de nuestra escuela, pues no solo orientará sus acciones, sino que le permitirá concentrarse en su función formativa y su cualidad como centro para el encuentro social. No en vano, la escuela es la única institución que a pesar del conflicto armado, las necesidades básicas insatisfechas o la complejidad geográfica y política, ha logrado mantenerse en todos los rincones del país.

Desde luego, no es que este tema no haya sido tocado por pedagogos y expertos de muchas latitudes, pero si es importante recordar que los para qué son asuntos a resolver fundamentales, pues solo desde esta definición podremos situar realmente las acciones de mejoramiento educativo que como país demandamos, y podremos entender lo que en realidad debemos esperar de la escuela como una de las instituciones sociales de mayor relevancia.

Diana Paola Basto

Directora de Educación de Proantioquia

Fuente original: La Silla Vacía