Pero, ¿para qué se acompaña? La respuesta es tan sencilla como compleja: se acompaña para transformar, para aprender de la escuela y de su poder social, para que maestros y directivos cuenten con herramientas y orientaciones que ayuden a mejorar sus prácticas pedagógicas y que, por ende, mejoren los aprendizajes de los estudiantes y la vida de sus comunidades.

Hablar de acompañamiento situado, aquel que se realiza directamente en los colegios, es cada vez más frecuente en el sector educativo, incluso se dice que es una condición necesaria para el mejoramiento de la educación. Lo cierto es que la escuela no puede sola, necesita compañía, y esto implica asumir la corresponsabilidad que tenemos como individuos, familias, sociedad civil y organismos públicos y privados de articular acciones que aporten a la educación del país.

Pero, ¿para qué se acompaña? La respuesta es tan sencilla como compleja: se acompaña para transformar, para aprender de la escuela y de su poder social, para que maestros y directivos cuenten con herramientas y orientaciones que ayuden a mejorar sus prácticas pedagógicas y que, por ende, mejoren los aprendizajes de los estudiantes y la vida de sus comunidades.

A esta afirmación subyacen ideas como: “hay alguien que tienen una experiencia valiosa en el colegio y que puede orientar a otros para enfrentar problemáticas específicas”, “se aprende mejor entre pares”, “siempre es posible aprender en la práctica”. El acompañamiento busca que pase “algo distinto”, por ello se debe estar dispuesto a hacer que “eso distinto” ocurra y, sobre todo, es necesario creer que va a ocurrir.

Son muchos los procesos de acompañamiento emprendidos por organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, cada una pone en marcha estrategias diversas o privilegia el trabajo con actores específicos. Sin embargo, vale la pena preguntarse qué tan efectivos son o sí aportan o no al florecimiento de nuevas prácticas, pues también son frecuentes las expresiones de frustración, de desmotivación, de “aquí no pasó nada”.

Lograr este propósito exige tener en cuenta elementos determinantes. Primero, saber que la transformación implica utopía y acción: necesitamos creer que son posibles mejores escenarios para aprender y, además, saber que esa construcción depende, en buena parte, de nuestras acciones, de lo que hagamos individualmente y con otros. Además, soñar con un mundo mejor requiere tener altas expectativas, es decir, considerar que todos pondremos en el camino lo mejor y que, sin excepción, gracias al paso por el colegio, veremos realizados nuestros más valiosos sueños.

Por eso, acompañar el proceso educativo en una institución se distancia de vigilar, de imponer o de monitorear; al contrario, se trata de estar al lado, de hacer parte, de compartir sueños y desafíos y asumirlos como propios. Pero no para contemplarlos desde la tribuna, sino para contribuir con nuestro trabajo y desde nuestras apuestas a alcanzarlos y, por supuesto, a superarlos.

La confrontación se convierte en otro elemento indispensable para mantener la fuerza dinamizadora del cambio, pues tiene que ver con la posibilidad de retar a directivos, maestros y a la comunidad a actuar distinto, asumir riesgos, abrirle la puerta a la pregunta, a la innovación, a la investigación, a la reflexión permanente; es decir, situarse decididamente en el corazón de la acción pedagógica.

La voluntad, la disposición y el compromiso con la transformación de la realidad educativa son también aspectos importantes. Este compromiso es de todos: un proceso de acompañamiento situado tiene en cuenta que aunque su acción se centre en los estudiantes, las madres, los directivos o los docentes, sus resultados se verán reflejados en todo el colegio.

Sobre lo anterior existe un elemento vertebral: el diálogo, fundado sobre relaciones horizontales, nos permite aprender a todos y entre todos, nos da la oportunidad de enlazarnos, de construir redes de apoyo, de generar nuevos conocimientos sobre lo que significa educar y educarnos. Y es así, entre todos, respetando la autonomía, desde la decisión de generar capacidades y el empeño por fortalecer competencias, que logramos hacer de la transformación una práctica vital de la cultura institucional que no dependa de la presencia de actores externos que hagan de los cambios situaciones artificiales y pasajeras.

Catalina Ángel*

*Asesora pedagógica, Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.