La educación para la sexualidad hace parte integral de la función social de la escuela porque aborda una condición inherente al ser humano.

Si hay un tema que aparezca en los medios de manera recurrente es el de la educación sexual. Ya sea porque se dispara el embarazo adolescente, o por casos de abuso sexual, discriminación o infecciones de transmisión sexual, inmediatamente aparece el llamado al Ministerio de Educación para que aborde la mal denominada “cátedra de educación sexual”, o para que la elimine, o limite su alcance. Éste ha sido un tema recurrente en los últimos 25 años.

Desde 1993, el Ministerio de Educación ha realizado múltiples esfuerzos por cumplir con el mandato expreso en la ley de impartir las orientaciones para implementar tres proyectos pedagógicos en las instituciones educativas, uno de los cuales es el de educación sexual. Hemos pasado por varios, desde el Proyecto Nacional de Educación Sexual, desarrollado entre 1994 y 1996, hasta llegar al Proyecto de Educación para la Sexualidad y Construcción de Ciudadanía, desarrollado entre 2004 y 2008 por el MEN con apoyo del Fondo de Población de las Naciones Unidas, y que espero esté aún vigente.

La educación para la sexualidad hace parte integral de la función social de la escuela porque aborda una condición inherente al ser humano que va mucho más allá de la limitada asimilación con la genitalidad. La sexualidad pasa por reconocer las relaciones sociales entre hombres y mujeres como un producto histórico y cultural que ha instituido roles diferenciados entre ambos, casi siempre en desmedro de la situación y posición de las mujeres.

La educación para la sexualidad es una oportunidad pedagógica, que no se reduce a una cátedra o taller, sino que debe constituirse como un proyecto transversal de cada escuela, que promueva entre sus estudiantes la toma de decisiones responsables, informadas y autónomas sobre su cuerpo, el respeto a la dignidad humana, la valoración de las pluralidades y la vivencia y construcción de relaciones pacíficas, equitativas y democráticas.

Un proyecto pedagógico de educación para la sexualidad y construcción de ciudadanía es el conjunto de acciones que ejecuta una comunidad educativa para que la dimensión de la sexualidad haga parte de los proyectos de vida de sus miembros. Relaciona conocimientos, habilidades y actitudes de diversas disciplinas, incorpora los puntos de vista de los niños, niñas y jóvenes, y los articula en la solución de cuestiones de la vida cotidiana que tengan que ver con su contexto social, cultural y científico.

Educar para la sexualidad implica educar para la equidad entre hombres y mujeres mediante el desarrollo de competencias ciudadanas. Esta mirada conlleva una forma específica de apreciar y legitimar relaciones democráticas entre hombres y mujeres, lo cual repercute directamente en el reconocimiento de las circunstancias, las condiciones y los potenciales de los sujetos sociales y la forma de participar constructivamente para el logro de propósitos comunes.

Al ser la sexualidad una dimensión que se manifiesta tanto en lo público como en lo privado, la escuela puede y debe jugar un papel primordial en el desarrollo de competencias para un ejercicio libre, saludable, autónomo y placentero de la sexualidad, que permita que los sujetos se reconozcan y relacionen consigo mismos y con los demás desde diferentes culturas.

Es hora de comprometernos en serio con la educación para la sexualidad como una apuesta fundamental e inherente al quehacer de la educación con todo lo que implica en relación con la formación de maestros, el desarrollo de la propuesta pedagógica y operativa que tiene el MEN y la articulación de esfuerzos con el Ministerio de Salud, el ICBF y todos los actores y sectores involucrados y comprometidos.

La escuela es el espacio propicio para que se generen, de manera autónoma y responsable, elecciones de formas de vivir y sentir la pertenencia a un género, los comportamientos culturales y la orientación sexual en diálogo con sus contextos y su comunidad.

María Clara Ortiz Karam*

*Subdirectora de la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.