El éxito de las políticas se sigue midiendo a través de indicadores vinculados al crecimiento económico, así este no represente transformación alguna en la vida cotidiana de cualquier ciudadano promedio.

Por: Andrea Parra Triana*

Este mes, empezamos ya a oír los discursos de candidatos a alcaldías y gobernaciones. La mayoría, una compilación de lugares comunes que aparecen cada cuatro años como verdades reveladas. Candidatos y ciudadanos nos ponemos de acuerdo para, en el más repetido de los simulacros, cumplir con el deber de cambiar de gobernantes, a pesar de la incredulidad y la desconfianza.

Frases como “promover el desarrollo”, “conducir al progreso” y “la educación como un vehículo para lograrlo”, se naturalizan de tal modo que es imposible ponerlas en duda. Estos discursos contienen imaginarios construidos a través del tiempo que a fuerza de ser repetidos se instalan en nuestras proyecciones y políticas públicas. Las ideas de desarrollo y progreso se equiparan con crecimiento material y económico, tener cada vez mayor capacidad adquisitiva y consumir más. Ideas que contrastan con las señales ambientales de un planeta que pide a gritos que bajemos los niveles de consumo.

El éxito de las políticas se sigue midiendo a través de indicadores vinculados al crecimiento económico, así este no represente transformación alguna en la vida cotidiana de cualquier ciudadano promedio. Estos discursos dejan por fuera otras formas de ser y de estar en el mundo, más allá del consumo, y la posibilidad de garantizar las condiciones necesarias para que las comunidades construyan su propio bien-estar, potenciando sus capacidades y saberes. De allí, la importancia de la educación como escenario de pensamiento y transformación de los propios contextos, y como herramienta para imaginar y construir otras maneras de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

Pero, ¿cómo incluir estas otras formas posibles en el pensamiento, en las palabras y en las acciones de quienes toman decisiones políticas? Como ciudadanos, podemos empezar por cuestionar esos lugares comunes. También es clave, desde las organizaciones de la sociedad civil, formular maneras distintas de leer los problemas y las potencialidades de los territorios, hacer nuevas preguntas, encontrar nuevas relaciones, dar valor a las voces de quienes viven en cada región, proponer nuevas formas de medición y acompañar la toma de decisiones en el nivel local.

En este camino, desde la Fundación Empresarios por la Educación, este año emprendimos la construcción de informes sobre el estado de la educación en siete departamentos del país, una apuesta que contribuirá a dar una mirada distinta a los territorios agrupando los municipios según sus características educativas, socioeconómicas y relacionadas con el conflicto armado.

Analizar el territorio más allá de la distribución político administrativa tradicional ha permitido confirmar que no todos los municipios tienen el mismo proyecto de vida ni las mismas condiciones para llevarlo a cabo, y que por lo tanto necesitan cosas distintas.

Surgen también preguntas nuevas que pueden ayudar a los tomadores de decisiones a salir del lugar común frente a la educación: ¿qué factores influyen para que, aun siendo vecinos, dos municipios tengan resultados educativos distintos?, ¿cómo explicar las relaciones entre la tenencia de la tierra de campesinos con la pertinencia o no de proyectos pedagógicos productivos?, ¿cuál es el papel de la escuela en municipios que están sufriendo cambios en su productividad por la entrada de cultivos extensivos como la palma o el aguacate?… En últimas, ¿cómo se relaciona el territorio con las apuestas educativas locales?, pero también, ¿cómo aporta la educación a la transformación del contexto y a la generación de bienestar?

Estas miradas territoriales, así como la sistematización de experiencias educativas capaces de vincularse con sus contextos pueden darnos luces en la comprensión de que el desarrollo y la educación tienen posibilidades muy distintas a las que “nos venden” cada cuatro años.

*Asesora en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

Fuente original: EL MUNDO