Todos sabemos que los cambios generan miedos e incertidumbres y que, como dice la sabiduría popular “son necesarios”. Pero ¿qué pasa cuando esos cambios son demasiado traumáticos y desconcertantes, principalmente para un niño o niña entre los 3 y 6 años? ¿Qué pasa cuando este cambio afecta el proceso de aprendizaje de los estudiantes llevándolos a la exclusión y deserción?

Todos sabemos que los cambios generan miedos e incertidumbres y que, como dice la sabiduría popular “son necesarios”. Pero ¿qué pasa cuando esos cambios son demasiado traumáticos y desconcertantes, principalmente para un niño o niña entre los 3 y 6 años? ¿Qué pasa cuando este cambio afecta el proceso de aprendizaje de los estudiantes llevándolos a la exclusión y deserción?

Desde el nacimiento mismo, el ser humano experimenta cambios que marcan su desarrollo, convivencia e interacciones con el entorno que lo rodea y muchos de ellos pueden llegar a ser “traumáticos”. El lector posiblemente recordará, particularmente, su tránsito al sistema educativo, ya sea porque pasó directamente del cuidado de su familia a la institución educativa o bien, porque su tránsito se dio desde un modelo de educación inicial. En todo caso, cambiar la exploración y el juego por un ambiente de sillas dispuestas en línea, donde reina el trabajo individual, en silencio y en “orden”, con un número mayor de compañeros y una ausencia mayor de la familia en nuestros procesos de aprendizaje, seguro fue un cambio significativo y por demás aburrido.

Aunque muchos sobrevivimos y logramos un tránsito -armoniosos o no- a lo largo del sistema educativo, se ha identificado que estas transiciones son momentos de riesgo para el éxito escolar. Si bien, en Colombia el tema ha venido evolucionado positivamente, desde organizaciones que trabajan por el desarrollo integral infantil determinando, entre otros aspectos, cuáles son las condiciones que inciden en las transiciones (principalmente del hogar a educación inicial y de la educación inicial a grado transición), estos aportes parecen partir de entender el sistema educativo como rígido y estático en donde es el niño y los proceso previos los que deben responsabilizarse de “adaptarlo” a semejante cambio.

En este caso, existe el riesgo de que ese sistema educativo perverso permee estas propuestas de transito armonioso e impulse de manera contraproducente la escolarización de los niños y niñas a edades cada vez más tempranas con todo lo que ello implica, lo que hace que se pierda el sentido de promover el desarrollo integral desde un marco de derechos donde el centro es el niño y partir de la articulación intersectorial tan necesaria en los procesos de desarrollo social.

En este sentido, ¿Por qué no pensar más bien en qué se puede aprender del modelo de atención integral para empezar a repensar la estructura misma del sistema educativo? Es cada vez más frecuente escuchar que contamos con un modelo educativo obsoleto y que es urgente contar con uno que vaya más allá de llenar de contenidos a los estudiantes, que enseñe a aprender y forme mejores seres humanos en ambientes para la convivencia y la paz, lo que, claramente no se logra con cátedras individuales que de entrada riñen con la dimensión integral del ser humano.

Entender el niño desde su integralidad y más allá de la suma de sus dimesiones, reconociendo la necesidad de un acompañamiento en su desarrollo socioemocional y cognitivo, permeado por una adecuada atención en su salud mental y física, generando oportunidades a partir de sus propias necesidades, las de sus familias y sus contextos y, sobre todo, lograr el disfrute de la experiencia de aprender a través del arte, el juego, la exploración del medio, etc., junto a una flexibilización curricular y de evaluación respetando los diferentes ritmos de aprendizaje, ayudándole a ser mejor ser humano, son solo algunas de las propuestas que el modelo de desarrollo integral y de educación inicial nos han venido dejando como una oportunidad para generar transformaciones no solo en las escuelas sino en el sistema educativo como lo conocemos.

No hace falta mirar tan lejos, tenemos mucho que aprender de la primera infancia!

Luz Yesenia Moscoso Ramírez *

*Encargada Temática de Reduca en Colombia en la Fundación Empresarios por la Educación.