Este mundial de fútbol nos recordó que somos, también, un país de cultura narco, cultura que mató a Andrés Escobar por un autogol y que ahora amenaza a Carlos Sánchez

Manuel Franco Avellaneda*

En medio de las ovaciones, los abrazos efusivos con la camiseta amarilla puesta y los goles bailados, este mundial de fútbol nos recordó que somos, también, un país de cultura narco, cultura que mató a Andrés Escobar por un autogol y que ahora amenaza a Carlos Sánchez por meter una mano que implicó su expulsión y el primer gol en contra de Colombia en Rusia 2018. Un país que celebra infringir la ley y ostenta el logro a cuatro vientos: ¡burlada la seguridad rusa! Un país machista que aprovecha la buena fe de un grupo de jóvenes japonesas para repetir las consignas narco “Soy una perra y puta”. Un país que celebró el triunfo 3-0 ante el equipo polaco con riñas callejeras y muerte.

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La cultura narco no es exclusiva del fútbol, permea todos los espacios de la sociedad. Se trata de una ética y una estética que se caracterizan, como lo señaló Omar Rincón, por estar basadas en premisas como que toda ley y todo funcionario se pueden torcer, que todo vale para ascender socialmente, que el éxito hay que mostrarlo con ostentación (consumir para exhibir), y que la ley es buena si nos beneficia. Nos gusta mandar y tener quién obedezca sin contradecir y la exageración es la manifestación estética por excelencia (lo grande, lo estridente, lo rechinante).

Estos valores y hábitos pueden ayudar a explicar cómo es posible que alguien piense en “hacer trizas los acuerdos de paz” o que miembros del Ejército Nacional hayan estado involucrados en la muerte de inocentes para mostrar resultados (los bien conocidos y mal llamados falsos positivos); y también a entender cómo en una sociedad de informalidad y exclusión, la para-legalidad se convierte en el camino alterno para alcanzar los beneficios que apenas se vislumbran de las sociedades “modernas”.

Gabriel García Márquez también describió esta situación en Por un país al alcance de los niños, en 1996: “Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos, somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil. Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico. Un éxito resonante o una derrota deportiva pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo. Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir”.

Ante semejante panorama, nunca fue tan relevante el papel de los líderes. Los ha habido de todo tipo y con visiones radicalmente diferentes respecto a los modos de “progresar” en este país, pero sin duda resulta necesario configurar un tipo de liderazgo que ponga el énfasis en la sociedad que educa y que motive liderazgos que sean diferentes a los estereotipos de líder en el barrio (para superar la imagen del patrón), en la escuela (para superar la imagen del macho peleón y seductor) y en la sociedad en general (para superar tanto el delfinazgo como la alabanza al vivo). Un cambio de valores y hábitos no se puede lograr con superhéroes, mandamases o élites redentoras “sacrificadas” en el servicio público.

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El desafío, entonces, consiste en distribuir el poder y, en consecuencia, el liderazgo. Se trata de dejar de resistirnos a la transformación, criticar o lamentarnos y asumir, más bien, una actitud propositiva y convertirnos en referentes. Se trata de reconocer en el escenario público otras formas de liderar -hablo del liderazgo distribuido-, y hacer explícitos a aquellos líderes ocultos como, por ejemplo, a rectoras y rectores que reconocen el valor de ser con otros, maestros y maestras que cambian vidas, familias que promueven el crecimiento colectivo o funcionarios que reconfiguran el sentido de lo público. Se trata hacer germinar un liderazgo que posibilite una transformación cultural de fondo, que reconozca y valore al otro y que abra el camino hacia la construcción de un país viable.

Cuando terminaba de escribir este texto supe de la eliminación de Colombia en el Mundial, tengo un sentimiento encontrado: tristeza por el país futbolero, felicidad porque se salvaron muchas vidas.

*Consultor en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa. 

Fuente original: EL MUNDO