La región está en deuda con la infancia para garantizar, ya no solo el derecho a acceder a la escuela, sino a tener aprendizajes significativos a lo largo de su vida.  

Una mirada a las cifras de la educación en América Latina y el Caribe muestra el evidente rezago de la región en este campo: la tasa de terminación de primaria para 2015 en 13 países fue de 76 % y la de secundaria de solo 50,4 %. Según cifras del BID, la cobertura promedio en 2014 en los primeros niveles educativos (4 a 5 años) se ubicó en 75,9 %. 

Así lo detalla el estudio regional sobre el derecho a la educación ‘Aprender es más: hacer realidad el derecho a la educación en América Latina’, recién publicado por la alianza Fundación SURA y la Red Latinoamericana por la Educación (Reduca), de la que hace parte FExE, en el que queda claro que, 30 años después de la suscripción de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, la región sigue en deuda con la infancia y la juventud.  

Este tratado, el más ratificado de la historia y con vigencia en prácticamente todos los países del mundo (excepto Estados Unidos), instó a los países a reconocer a las niñas, niños y jóvenes como titulares de derechos y no como beneficiarios de obras de caridad. Todo un vuelco en la comprensión de los derechos, basado en los principios de igualdad y el interés superior del niño. 

Allí se estableció el derecho a la educación, las condiciones que deben cumplir los Estados para su garantía (como la gratuidad, la reducción de la deserción, la cooperación internacional para aumentar la alfabetización, entre otros), y cómo debería estar encaminada la educación para el desarrollo pleno. 

Aunque explícitamente el tratado no habla de ‘formación integral’ o ‘aprendizajes con sentido’, sí refiere que la educación debe permitir el desarrollo de la personalidad, las aptitudes y la capacidad mental y física del niño hasta el máximo de sus posibilidades. Habla de inculcar a los niños el respeto a los derechos humanos, la diversidad, la identidad, los recursos naturales y de prepararlos para asumir una vida responsable en una sociedad libre, con espíritu de comprensión, paz, tolerancia, igualdad de los sexos y amistad entre todos los pueblos. 

Luego de la Convención de 1989, vinieron la Declaración Mundial sobre educación para todos Jomtien (1990), la Cumbre del Mileno Declaración del Milenio ODM y el Foro Mundial sobre Educación Dakar (2000) y la Cumbre de Desarrollo Sostenible (2015), en donde paulatinamente ha evolucionado la visión de calidad educativa para poner en el centro los aprendizajes. Es decir, el derecho a aprender.  

No basta, entonces, con matricularse y asistir a la escuela si esto no se traduce en aprendizajes relevantes y acordes con el contexto actual. Requiere la adquisición de competencias tanto académicas como cognitivas, socioemocionales y de habilidades para el siglo XXI. 

Sin embargo, los indicadores de educación y aprendizaje en la región plantean muchos retos en términos de desigualdad y exclusión, en una región donde el número de personas pobres llegó a 186 millones (Unesco, 2017), lo que representa el 30,7 % de la población. La pobreza extrema afectó a 61 millones de personas, el 10 % de la población. 

Si la educación es el mayor motor del desarrollo, es preciso que se garantice este derecho fundamental para crear las condiciones que realmente puedan comenzar a revertir esa situación. Es tiempo de saldar la deuda. 

Por esto, como lo destaca el informe ‘Aprender es más’, se debe poner en el centro el aprendizaje y reiterar la obligación primaria del Estado y la corresponsabilidad de la sociedad en su conjunto de promover el desarrollo de ambientes adecuados, con las condiciones básicas necesarias para asegurarlo.  

Esto implica contar con trayectorias escolares protegidas para que los estudiantes permanezcan en el sistema y no sean expulsados por causas socioeconómicas, culturales, geográficas o discriminatorias, y asumir la escuela como un lugar de desarrollo de la ciudadanía y la democracia, con espacios para la participación activa y la adquisición de competencias y habilidades tanto intelectuales como socioemocionales para el desarrollo integral que les permitan adaptarse a un contexto cambiante y cada vez más exigente. 

Consulte el estudio ‘Aprender es más’ aquí